Kuglof húngraro y el sueño de Anne

Me llamo Otto y el destino quiso que fuera yo el único sobreviviente de los ocho que vivimos escondidos en la achterhuis de la calle Prinsengracht. Mi querida Edith y mis niñas -Anne y Margot- no lograron resistir. Nada más llegar a Auschwitz la mitad del grupo fue conducido directamente a los hornos. En ese momento, creí que dios aun no nos había abandonado. Milagrosamente, todos estábamos seleccionados para ser conducidos a los campos de trabajo. Recé. Dios mío! cuánto recé. Cada día y cada noche pidiendo que resistieran. Le pedí ciento de veces a dios que las reservara un destino mejor que el que nos tocó vivir a los varones. Con los rusos a punto de entrar en Auschwitz, los que no estábamos en condiciones de caminar, fuimos abandonados a nuestra suerte. El pobre Peter, desgraciadamente, aun se mantenía en pie y fue evacuado a marchas forzosas, sin alimento ni abrigo a Mauthausen en Austria. El pobre muchacho murió 3 días antes de la liberalización del campo...


Salimos de Alemania el mismo año que Hitler tomó el poder. Todos éramos conscientes de lo que implicaba el triunfo nazi así que acepté sin más dilaciones el ofrecimiento de mi compañía para montar una franquicia en Holanda. Aunque Opekta no era afín al nacionalsocialismo, toda Alemania estaba al corriente de la existencia de un plan firme para tomar medidas drásticas contra las empresas que emplearan judíos. No tenía sentido demorar nuestra marcha y en cuanto encontré una casa donde alojarnos, Edith y las niñas se trasladaron a Amsterdan conmigo. A pesar de que nuestra vida y negocios mejoraban cada día, las noticias que nos llegaban desde Alemania nos mantenían en un estado de angustia constante. La fiebre antisemita era imparable. Habíamos conservado la esperanza de que la sensatez y la humanidad se impusieran en nuestra tierra natal así como habíamos esperando que la comunidad internacional presionara al régimen nazi a rectificar las leyes de Nuremberg. El banco familiar regentado por mi padre fue expropiado así como todos nuestros bienes. Familiares y amigos fueron confinados en guetos en condiciones infrahumanas. Supimos que los judíos de ascendencia polaca fueron expulsados y conducidos a la frontera para su repatriación. Polonia no les abrió el paso. Tras ser tratados como deshechos, sin comida y sin refugio, habiendo padecido todo tipo de indecencias inmisericordes, Alemania se vio obligada a recogerlos y los confinó en campos de trabajo que para entonces, ya estaban saturados. Y aunque ya no se contaba con infraestructuras que dieran alojo a tanta gente, aun así, Hitler dijo que en caso que guerra mundial, perseguiría a todos los judíos en Europa...


Todos sabíamos. Todos. Dentro y fuera de Alemania y los que lo niegan mienten. Hitler no se ocultó jamás. El castigo y las sanciones impuestas a los judíos eran para el partido nazi legítimas. No tenía sentido ocultar lo que todos vitoreaban: "Justicia. Qué paguen por las penurias que nos han causado". Muchos de nuestros amigos quedaron atrapados sin poder salir de Alemania. Los pasaportes fueron retirados y conseguir documentos falsos y visados para viajar fuera de Europa era casi imposible. Sabíamos por tanto, que no teníamos escapatoria y nos agarramos a la esperanza de que Holanda permaneciera imparcial. Aun así y con la inestimable ayuda de mis socios, Kugler y Kleiman, tomamos medidas de protección. Me convertí en asociado a la sombra sin que mi nombre ni mi firma aparecieran en documento alguno. Construimos en la achterhuis de nuestras oficinas un refugio secreto preparado para que nos permitiera ocultarnos por un largo periodo en caso de ser necesario...

Para nuestra desgracia, Holanda cayó bajo el dominio alemán. Las leyes antisemitistas no se hicieron esperar. Nos cosieron la estrella de David en nuestras ropas y se prohibió que las niñas acudieran a la escuela. El 5 de julio de 1942 recibimos una llamada donde se nos comunicaba que nuestra hija Margot debía de presentarse a las autoridades para su deportación a un campo de trabajo. Llegó el momento de fingir nuestra huida. Pusimos la casa patas arriba para que pareciera que nos habíamos marchado con prisa. El camino desde casa a las oficinas de Prinsengracht se hizo tremendamente duro. Los judíos no podíamos portar maletas así que teníamos que caminar ocultándonos a cada momento. Pero lo conseguimos. No solo llegar sino sobrevivir en el anexo secreto con la ayuda de mis socios así como la inestimable ayuda de Miep y Bep que consiguieron abastecernos durante dos largos años de confinamiento absoluto. No solo a nosotros. La familia Van Pels y Fritz Pfeffer se unieron en nuestro encierro. La convivencia resultó durísima pero claro, pruebe usted mismo a encerrarse en casa con toda su familia durante una tormenta de varios días y dígame si hay nervios que los que resistan...


Para mi pequeña Anne, escribir su diario fue la única forma de evitar la locura ya que, al igual que su madre, llevaban mal y con impaciencia la vida recluida. Si usted también tiene adolescentes en casa, sabrá lo difícil que resulta tenerlos ociosos sin ningún tipo de entretenimiento. Habíamos escuchado un llamamiento radiofónico del Ministro de educación en el exilio donde instaba a los ciudadanos a escribir sus penurias y sufrimientos en la promesa que una vez liberado el país, haría imprimir y publicar dichos escritos. Mi niña no pudo contener la emoción de ver cumplido su sueño de ser escritora. Lo que empezó con la ilusión de alcanzar su máximo sueño terminó siendo la tabla que la mantuvo a flote...

El 4 de agosto de 1944 Karl Silberbauer era el Oberscharführer de guardia. Se le mandó investigar una denuncia que decía que había judíos ocultos en Prinsengracht 263. Una denuncia más de las muchas que ya habían llevado a cabo. En los informes ni siquiera se documentaba el nombre del informador. Era lo de menos. Casi siempre, gente necia de poco fondo espiritual y escasa reflexión quienes se sentían alagados de que un personaje de alto estatus posara los ojos y sus atenciones en su persona. Normalmente, no había grandes recompensas ni meritorios. Con ser colmados de atenciones durante unos minutos, bastaba. Repartidores y surtidores de víveres o leña, o porteros, o conserjes... gente que ni un solo detalle cotidiano se les pasaba por alto. La repartidora de leche y pan reconoció años después que siempre le pareció extraño que se entregara tantos pedidos en esa dirección y que de cada vez, una voz femenina al otro lado le realizaba el siguiente pedido sin abrir jamás la puerta... no se pudo probar quién fue nuestro delator pero, ¿en serio puede eso importar?  acaso un repartidor de pan o un vigilante nocturno de almacén pueden ser los responsables de la muerte de mi esposa y de mis hijas? pueden ellos ser los causantes de la muerte de tantos millones de deportados?


Cuando fui liberado, regresé a Amsterdan en busca de mis hijas. Ya había sido informado de que mi esposa había fallecido de inanición pero conservaba la esperanza de localizar a las niñas con vida ya que fueron trasladas de Auschwitz al campo de Bergen-Belsen. La Cruz Roja me confirmó la muerte de ambas. La mayor primero, la pequeña pocos días después. Supe por Nanette, una amiga de Anne, que mi niña era ya un esqueleto cuando se la encontró. Que iba desnuda y envuelta en una manta porque sus ropas estaban llenas de piojos. Que tenía restos de la sarna que la mortificó a la llegada al campo y que toda su preocupación era el estado de salud de su hermana, mi querida Margot, que ya no era capaz de abandonar el camastro. Margot calló de su litera y murió en la caída. Anne días después. Conociendo a mi pequeña, sé que murió de soledad...

Una vez más, Miep me salvó la vida. A mi regreso a Holanda me entregó los papeles y el dinero que pudo rescatar del achterhuis al día siguiente de nuestra detención. No se paró a leer nada, simplemente los ocultó con la esperanza de poder devolvérnoslos. Si los hubiera leído, se hubiera dado cuenta que el diario de Anne estaba entre los documentos y que de haber caído en manos de la gestapo le hubiera costado la vida. El Oberscharführer Silberbauer, mandó detener solo a dos de los cinco que nos ayudaron en nuestro escondite. Mis queridos Kugler y Kleiman fueron apresados y conducidos a un campo de concentración. Sobrevivieron gracias a dios. Meip, su marido y Bep no se vieron involucrados...

Publicar el diario de Anne se convirtió en mi único motivo para vivir. He sido un padre incapaz de proteger a su familia. No pude salvarles la vida. Solo ha estado en mi mano cumplir el sueño de Anne...


Me he vuelto a casar. Me reencontré con Fritzi, quién también había perdido a su hijo y su esposo. Ella y su hija Eva han traído a mi vida mucho consuelo. Eva se ha convertido en activista y lucha para que el mundo conozca la historia del Holocausto. Fritzi es un pilar irremplazable en mi trabajo de extender el diario de Anne por todo el mundo. Recibimos cientos de cartas que contestamos personalmente y son muchas las ocasiones en las que hemos mantenido varios cruces de cartas con lectores que, sobre todo los jóvenes,  me preguntan una y otra vez cómo han podido ocurrir estos hechos tan monstruosos. Yo les contesto lo mejor que puedo, y al final de mis cartas suelo ponerles: "Espero que el libro de Ana pueda inspirarte cuando seas mayor, para que en tu entorno puedas luchar, en la medida de lo posible, por la paz y el acercamiento entre los hombres"...

Porque el Holocausto fue cosa de todos. Cada persona debe luchar por el respeto a una vida digna dentro de sus posibilidades pero jamás deberíamos participar del proceso de exclusión. Unos con silencios, otros mirando para otro lado y otros abrazando sentimientos nacionalistas mal entendidos que llevaron a la sociedad europea a sumergirse en un estado asocial tan profundo que dejó el camino libre a los intransigentes. Tolerancia, respeto y derechos humanos. La gran cuenta pendiente que la humanidad se debe a sí misma. Créame cuando le digo que no hay noche, que al cerrar los ojos, vuelva a escuchar los frenos de aquel tren al detenerse en el andén. Las puertas que se abren y esos reflectores que nos cegaban los ojos. Bajen! vamos! bajen rápido! No eran soldados, eran prisioneros del propio campo. Los soldados, con perros y látigos custodiaban el camino. Los hombres a un lado, las mujeres al otro, gritaban por todas partes. Por un momento las perdí de vista. Consigo ver a Margot que me busca con la mirada. Anne se abraza a su madre quien intenta tranquilizarla. Margot me mira a los ojos... jamás en mi vida olvidaré la mirada de Margot...


Este año, se cumple el 75 aniversario del comienzo de la 2ª Gran Guerra. De aquellos hechos, lo que menos importa son las batallas, retaguardias y contiendas. Jamás debemos olvidar aunque volver a mirar la atrocidad duela tanto. Anne Frank a través de su diario se convirtió en el alma de millones de víctimas. El sueño de Anne, que ni ella misma supo de la transcendencia emocional y humana que nos dejó en cada letra.

Esta es mi segunda aportación a lo que ya te adelanté, a que iba a investigar las distintas versiones de Gugelhupf  tradicional que hay en Europa. Intencionadamente, no he querido traer ninguno relacionado con los hechos que cuento en esta entrada porque no deseo que ninguna preparación se asocie a la barbarie. Her Hupf en Hungría se llama kuglof, y después de vagar por varios foros de recetas húngaros creo que esta versión es la que más se acerca a la preparación clásica. Los ingredientes son los mismos pero procesados de diferente manera...


Ingredientes:
  • 500gr. de harina repostera
  • 1 sobre de levadura panadera
  • 260 ml. de leche
  • huevo grande
  • 110gr. de azúcar (lo hice con 80gr. y quedó algo insípido, nada que un poco más azúcar no repare)
  • 1 cdta. de azúcar con vainilla molida
  • una pizca de sal
  • 60 gr.  de mantequilla
  • 1 puñado de pasas sultanas a gusto (no las elimines del todo ni las reemplaces por pepitas de chocolate. Si no te gustan pon menos)
  • 2 cdas. de cacao puro en polvo

Preparación:

Calienta ligeramente la leche. Añade la mantequilla y espera a que se derrita. Entonces le añades el huevo y la levadura y lo bates bien hasta que esté todo bien diluido. En un bol grande pon el harina, el azúcar, la sal y la vainilla y añade la mezcla líquida. Bate con una cuchara hasta que esté más o menos todo ligado.


Deja reposar unos 10 minutos para que la harina absorba bien los líquidos. Engrasa ligeramente tus manos y la encimera y transfiere la masa. La trabajas un poco hasta que esté lisa. La separas en dos mitades iguales y una la mezclas con las pasas y la otra con el cacao.


La mitad que mezclas con el cacao se va a secar un poco. Es importante que te vayas mojando las manos en agua templada a medida que amasas hasta integrar bien el cacao. Cuando tengas la masa bien mezclada, vuelve a humedecer bien la masa de cacao a la que la dejas reposar. El cacao absorbe muchos líquidos y esta es la única manera de evitar que se seque demasiado. Haces una bola con cada mitad y las dejas levar una hora tapadas con film de plástico o un paño húmedo (humedecido en agua caliente)


Mientras, engrasa el molde y lo enharinas ligeramente. Cuando la masa esté levada, haces un rulo con cada mitad y lo trenzas como puedes ver en la foto. Cuida que el largo de los rulos coincida con el diámetro del molde. Ningún cálculo matemático, solo tenlo en cuenta. Pasas la trenza al molde y escondes los extremos hacia abajo. Deja que leve de nuevo como 1/2 hora más o menos.


Mientras, habrás precalentado el horno a 190ºC. Lo horneas hasta que veas que tiene un color ligeramente dorado. Los moldes de rosca suelen ser muy seguros a la hora de hornear y nunca se me quedó cruda una masa. Dar un tiempo no me atrevo por lo de siempre, cada horno es un mundo pero me aventuro a decir que menos de 20 minutos nunca y más de 3/4 de hora tampoco. Mi horno necesita 1/2 hora y si veo que se acelera suelo bajar el calor a 180 o 170ºC.

pastel de queso con sémola y manzana para degustar clásicos

Uno de los efectos de la crisis -esta señora empieza a ser plasta y cansina- es que la gente compra menos libros. Y digo comprar, no leer. A lo largo de mi vida -y sin entrar en detalle de longitudes que nada afecta a la trama de hoy- he conocido gente que compraba libros regularmente pero jamás les vi leer alguno. He sido asidua en las colas de caja en FNAC con mogollón de personal comprando libros para regalar, casi nunca para disfrutar. He sido beneficiada regularmente -en las fiestas de guardar- de estos regalos empapelados entregados por benefactores que jamás traspasaron la introducción de ningún ejemplar...


A estos usos -o desusos- hay que añadir el factor calidad que ha venido menguando a lo largo de los años. Las editoriales ya no valen para nada más que para mandar las tiradas a imprenta. Libros insustanciales, repetitivos unos de otros, con hilos cansinos y finales que dan fatiga de pura flojera...  un baturrillo, entre unas cosas y otras, que le quitan las ganas a uno de comprar literatura. Es este, el momento ideal para tirar de biblioteca pública y rescatar clásicos... quien pueda, claro. Una de las desventajas de vivir a lo expatriada en país con lengua retorcida e incomprensible, es que las bibliotecas públicas no tienen sección de libros en español. En alemán, ni loca. Cómo algo tan apasionante puede convertirse en un suplicio tan atroz, viéndome forzada a tirar de diccionario 30 veces por página para que al final, sin remedio, deba quedarme patidifusa -física y metafísicamente hablando- sin saber dar un sentido coherente a lo leído... no, no, fuera encanto, fuera imaginación y fuera magia. No. De ningún modo...


Yo leo en hispano que es lo mío, donde cada doble sentido cobra su comisión en el relato. Donde no solo se disfruta del argumento sino de cada palabra, puesta en su sitio y expresada con toda la intención... placer mayúsculo que se convirtió en pánico cuando después de terminar la última remesa de libros traídos de España, esta bebedora compulsiva de páginas y epílogos comprendió -insisto, no sin su dosis de terror- que ya no quedaba más bacalao salvo volver a releer los ejemplares del estante. Y en estas estaba -hace tres o cuatro años ya no me acuerdo- cuando mi chico me regaló la Kindle. Inicialmente frialdad. No por desagradecida, que nadie me malinterprete. Fue esa sensación metálica que nada me transmitía. No puedo explicar que gusano recorre mis entrañas cuando huelo a papel -viejo o recién impreso, poco me importa- o cuando manoseo unas tapas o un lomo desencajado... sí, es pura excentricidad, nada puedo decir en mi defensa, salvo...


Qué sí. Que es misticismo puro y duro. Mira si soy retorcida, que uno de mis anhelos, de estos que uno cuaja cuando marea la perdiz, es lo interesante que sería poder revolver en un cajón lleno de libros con dedicatoria y así entrar a curiosear entre los lazos que gente anónima ha ido tejiendo a mano alzada y casi siempre en oblicuo con sus conocidos... en alguna ocasión, lo confieso, sí que rebusqué en algún que otro cajón de libros usados y no en interés de títulos y autores sino en la búsqueda de rúbricas y declaraciones: Si decides abrirlo sé que te va a gustar o Para que no me olvides y se te haga más corta la espera o esos galimatías intimistas que imagino que para comprenderlos habría que conocer al dedicado y al dedicador. Y así, entre un con cariño y un siempre tuyo el cotilleador de dedicatorias -osea, yo- especula con quién es quién y quién dedicó a quién y quiero pensar, que un medio borrado Con todo mi amor escrito en un viejo ejemplar de La Regenta influenció irremediablemente en el carácter de Ana Ozores... no sé si mis palabras suenan a pirada o a estúpida mental... vete tú a saber. Lo que sí y aquí estarás conmigo, es que los libros respiran  humanidad de la buena por sus cuatro costados y se pueden toquetear sentimientos más allá de lo que sus autores nos quieren contar...


Porque los libros son así. La raza humana los ha querido esconder, enclaustrar, quemar, prohibir incluso bajo pena de muerte. Vasili Grossman logró esconder un ejemplar de Vida y destino que el comunismo ruso quiso eliminar. Él murió antes de saber que alguien con un par de capítulos logró sacar la obra clandestinamente en un microfilm. La crítica en aquellos años fue cruel con este libro. Aún así, Vida y destino se abrió camino y su lectura a nadie deja indiferente. Matar un libro es difícil, y desde luego, lo que no han conseguido dictadores y demás cenutrios no lo logrará ningún invento por muy libro electrónico que sea y por mucho cuento chino que nos vendan...


Anna Karenina, Dorian Grey u Oliver Twist sobrevivirán por muy empobrecidas -de espíritu- que estén las editoriales y los editores. Al capitán Alatriste ya no hay quién se lo cargue, ni a un día de cólera ni a la sonrisa etrusca o la caverna. Caín, el monje, el idiota, la historia de dos ciudades o el collar de la reina... muchos clásicos de siempre o recién inscritos al club de los libros inmortales. Pues todos, están en las bibliotecas públicas y la mayoría, por menos de 2 € en la kindle. Los clásicos son fantásticos. Buena letra, relatos fascinantes y son baratos. ¿Quién da más?


Y para acompañar esta lectura, traigo este clásico de la cocina germana rediseñado al gusto de esta casa. Es una mutación de una receta del Dr. Oetker que aquí es un poco el rey del manbo en cuanto a postres se refiere. Eliminé la mantequilla para que quedara más jugoso y rebajé el azúcar. A cambio, le aromaticé a naranja, ron y especias. Todo muy sutil para no asesinar el sabor a queso fresco y manzana. Hay clásicos que jamás pasarán de moda, Aleluya! y por la crisis ni te preocupes, sale baratito :-)


Ingredientes:
Basado en una receta de Dr. Oetker
  • 4 manzanas medianas
  • 1 chorro generoso de limón concentrado
  • 1 pizca vainilla molida (bourbon vanille)
  • 1 pizca de nuez moscada
  • 5 claras
  • 1 pizca de sal
  • 5 yemas
  • 180gr. de azúcar
  • 50ml. aceite (de canola o maíz)
  • un poco de ralladura de naranja
  • aroma de ron (o un chorrito en su defecto)
  • 1/2 cda. de azúcar avainillada
  • 500gr. de queso fresco tipo quark (topfen)
  • 100gr. de sémola 
  • 1/2 cdita. de polvos de hornear

Preparación:
Precalienta el horno a 180º C. Pela y corta las manzanas en dados menudos para evitar que se vayan al fondo del molde a la hora de hornear. Los adobamos ligeramente con limón concentrado, vainilla molida y nuez moscada. Reservamos.


Mi consejo es que lo hagas con una procesadora de alimentos o unas varillas eléctricas. A mano te vas a quedar tonto de levantar las claras. Separa las claras de las yemas y monta las claras a punto de nieve con una pica de sal. Lo reservamos también. En otro bol, batimos las yemas con el azúcar y cuando la crema está formada añadimos el aceite poco a poco. A esta crema le añadimos el azúcar avainillada, la ralladura de naranja y el aroma de ron. Añadimos el queso quark y por último la sémola y los polvos de hornear. en principio no hacen falta pero deja la masa más esponjosa...


Integramos a la masa las manzanas y finalmente las claras montadas que ya no batiremos sino que la ligaremos con una espátula y movimientos suaves. Untamos el molde con mantequilla que al enfriarse no deja esa sensación aceitosa en la corteza del pastel. Horneamos entre 3/4 de hora a 1 hora dependiendo del horno. Lo importante es que la superficie quede dorada de forma uniforme. Si ves que coge demasiado color, no dudes en bajar la temperatura.

Me llamo Hupf, Gugelhupf y esto no es un bundt cake

Ir de anti por la vida es vivir un poco a lo mosca cojonera, lo sé. Mira si soy anti que mi super anti es contra los pavitos y pavitas de este mundo que para hacerse los más listucos, chulitos y dejar claro al personal que ellos son diferentes y que nada tienen que ver con esta pandilla de vulgares plebeyos y cortos de miras que son los llamados seres humanos... Sí, sí, no me ponga esa cara señor mío que así está de colgado el personal... perdón, señora... Ea, lo que seas, que ahora no nos vamos a pelear por eso. La cosa es que más allá de nuestro sexo, seso y demás guarradas patológicas, aquí todos somos humanidad en términos generales y eso nos convierte en socios al Club Planeta Tierra y como la jefa -la Naturaleza- no entiende de carnés VIPs pues para ella todos estamos en el mismo corral muy al pesar de los anti total...


Sopa de la abuela Tere para hablar de Marias

Yo en casa siempre he sido Maite. Mai es un diminutivo cariñoso que me puso mi amiga Poté. Para ser más exactos, Marimai. La cosa se salió de madre un día -hace mil- que comimos juntas y me llevó de regreso a la oficina y como venía siendo normal en ella, a la que salía por la puerta gritó al personal :"A ver, cuidarme bien a Marimai ehh!". Esta amenaza la hizo de cada vez. En aquel tiempo, eran las oficinas de Anaya Interactiva pero esta recomendación a lo "hacerme caso que sino la lío parda" la repitió en Eresmas, en Wanadoo y hasta en las oficinas en La Finca donde ya nadie sabíamos quienes éramos en espera de un rebranding que nos pintaría de naranja...